PRI nace como partido de Estado en 1929

PRI nace como partido de Estado en 1929

Cuando en 1929 fue fundado el Partido Nacional Revolucionario (PNR), cuenta don Daniel Cossío Villegas, en su obra “El sistema político mexicano”, se hizo bajo tres principios fundamentales: contener el desgajamiento del grupo revolucionario, instaurar un sistema civilizado de dirimir las luchas por el poder y dar un alcance nacional a la acción político-administrativa para lograr las metas de la Revolución Mexicana.

El genio político de Plutarco Elías Calles vislumbró los inconvenientes de la continuación de la lucha armada por el poder. De la contienda revolucionaria quedaron dispersos innumerables caciques y caudillos locales y regionales, cada uno dueño de una facción, en reclamo de un espacio de poder.

En la elección presidencial de 1928 participaron más de 20 partidos políticos que postulaban a cuanto candidato representaba una facción surgida del movimiento revolucionario.

La idea de un PNR era pues concentrar a todos esos grupos dispersos en una sola opción política. Calles sabía el peligro que el poder militar representaba para la estabilidad social y política del país. Fue Calles precisamente, por su condición castrense, el que comenzó por disminuir el poder de los militares.

Ahora, agrupados como sector dentro del PNR, si querían hacer política debían hacerla dentro del partido y sin el uso amenazante de las armas. Y como complemento, más adelante se incorporaron como estructura de poder corporativo los sectores obrero, campesino y popular.

Lo malo es que hoy la CTM, la CNC y la CNOP ya no representan ni convocan a la clase que fue fundamental en la permanencia del PRI durante 71 años.

El PRI inició su ciclo histórico con dos pasivos muy severos: el asesinato de Álvaro Obregón en 1928 que pretendía una reelección a modo y el oprobioso fraude electoral perpetrado en contra de José Vasconcelos para instalar en la presidencia a Pascual Ortiz Rubio.

Y curioso, el ciclo histórico del PRI se cerró en 1994 con el asesinato de otro sonorense paisano de Obregón: Luis Donaldo Colosio, en el que Carlos Salinas veía y había preparado su propia reelección.

O sea, los intentos reeleccionistas y dos magnicidios marcaron el ascenso y la caída del PRI. Y para completar el círculo, otro fraude electoral -pero ahora al revés- propiciado por Ernesto Zedillo, culminó con la entrega del poder a la derecha en la lamentable figura de Vicente Fox.

Sólo que el viejo PRI, para mantenerse en el poder, entendió perfectamente cada momento histórico que vivió y a él se adaptó.

A cada nueva circunstancia interna y externa el PRI supo adecuarse. Al terminar la década de los treinta, la guerra civil española, la severa oposición contra el fascismo italiano y alemán y el inicio de la Segunda Guerra Mundial, determinaron la transformación del PNR en Partido de la Revolución Mexicana (PRM). Y curiosamente, ante las influencias externas de Europa del Este y el fascismo imperante surge en 1939 el Partido Acción Nacional para enfrentar a la izquierda mexicana del régimen cardenista.

La transformación del PRM en Partido Revolucionario Institucional (PRI) en 1946 no fue al azar o la casualidad.

En lo externo, fueron los tiempos del inicio de la Guerra Fría y la conclusión de la Segunda Guerra Mundial.

Internamente, acababa de pasar el fraude descomunal en contra del general Juan Andrew Almazán y sus simpatizantes que habían derrotado en la elección presidencial de 1940 al general Manuel Ávila Camacho.

Y en ese 1946 el presidente Miguel Alemán iniciaba por siempre el poder civil en la Presidencia de la República. Todos los acontecimientos nacionales e internacionales fueron puntualmente interpretados por los gobiernos priístas y se procedió inmediatamente a la transformación política que derivó en un partido de Estado.

La visión estadista que prevaleció de Calles a Cárdenas, Miguel Alemán y Ruiz Cortines se perdió de López Mateos a López Portillo y nada hubo de relevante para el PRI en los 18 años de neoliberalismo con Miguel de la Madrid, Carlos Salinas y Ernesto Zedillo.

Terminaron para siempre los liderazgos ideológicos y políticos y todo se resolvió en manipular los procesos electorales y las famosas concertacesiones del salinato.

El PRI nació del fraude en 1929, se mantuvo del fraude en 1940 y en 1988 no quiso entender la severa señal que el electorado le envió cuando Cuauhtémoc Cárdenas derrotó a Carlos Salinas en la elección presidencial.

Ese ha sido un tremendo error histórico del PRI: no aceptar las causas de su permanencia en el poder durante 71 años y su pérdida en el 2000. Al contrario, siempre ha querido esconderlas y desviar su responsabilidad histórica hacia un discurso de tendencia democrática, cuando ni como oposición ha practicado la democracia interna.

Las imposiciones a los cargos de dirigencia y de elección popular continuaron durante la docena panista.

En suma, el PRI sigue negado al cambio. José Antonio Meade Kuribreña es un buen ejemplo de ese retroceso histórico-político.

Hoy el PRI, con su candidato presidencial, naufraga en el tercer lugar de las preferencias electorales, producto de su incapacidad para formar cuadros presidenciables capaces de ganar la elección madre de 2018. Hubo de recurrir a un candidato sin filiación política: Meade Kuribreña, sin signo ideológico visible, no es panista ni priísta.

Perdido en la indefinición ideológica y política, deambula en el marasmo electoral, sin carisma, carente de discurso y sin emoción social para capturar el voto ciudadano.

A diferencia de 1929 cuando el PNR unificó a grupos, caudillos y facciones, hoy ese PRI tiende a la dispersión por el nombramiento de un candidato no priísta y la manipulación de sus estatutos para anular los rígidos requisitos exigidos a un aspirante presidencial.

El tricolor ya no tiene cuadros ni real dirigencia para defender el proyecto histórico del cual surgió y mucho menos mantener una posición ideológica y un liderazgo político para conservar el poder.

Enrique Ochoa Reza con sus veleidades lleva al PRI al despeñadero. Durante el larguísimo ciclo priísta todo se movía en función del Presidente de la República. Ahora, en la nueva distribución geográfica del poder, los gobernadores priístas son pieza fundamental en la supervivencia del PRI. Igual que en 1929 controlan las elecciones locales, imponen candidatos y operan su propia sucesión, pero en las elecciones federales del 2018 el PRI declina cada vez más sus posibilidades de mantenerse en la Presidencia de la República.

Pero hoy ya no es lo mismo, como en el pasado, gobernar las 32 entidades federativas para manipular al antojo la elección presidencial, con fraudes electorales espectaculares, que estar en el desprestigio y la desventaja de ostentar únicamente 14 gobiernos estatales.

Mauricio González de la Garza publicó en 1981 su “Última Llamada” en la que vaticinaba la pronta derrota del PRI. Hubieron de pasar 19 años para alternar el poder con el locuaz Vicente Fox.

Como van las cosas el PRI tiene, en Meade Kuribreña, su última oportunidad de sobrevivir. Si pierde en este 2018, perderá para siempre la posibilidad de recuperar la Presidencia de la República. Ampliaremos…

hojas_libres@hotmail.com

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